El artilugio

12.06.2021 19:29

Sobre la mesa estaba todo cuanto necesitaban para acometer su misión. Miró a través de la ventana y calculó la hora. Quedaba poco tiempo. Lo confirmó con el reloj del móvil: cinco minutos exactamente.

Con puntualidad se abrió desde fuera la puerta en su justo momento y ella entró. Por unos instantes pudo distinguir, bajo el dintel, la silueta rosada de la cordillera tras su definida figura a contraluz. No se saludaron. Metieron todos los utensilios en el antiguo petate militar y salieron juntos. Se admiró una vez más de la calma que siempre emanaba de esa mujer, incluso en las situaciones más difíciles.

Con resolución y rapidez, dejaron atrás el aserradero y el establo. El frío del amanecer se hacía insoportable mientras bajaban por el camino de la colina en que se alzaba la cabaña. Llegaron al río y allí se detuvieron. Comprobaron en silencio que los perros del vecino todavía no habían advertido su presencia y, ocultos tras las frondosas matas, montaron delicadamente, una a una, todas las piezas del artilugio. Si les descubrían, estaban perdidos.

Al fin lo consiguieron, el artilugio ya relumbraba bajo los primeros rayos. Durante unos instantes los paralizó una dicha cómplice y se apretaron tiernamente las manos. Entonces el mecanismo se puso en marcha. Ahora, tocaba dirigir las antenas hacia el punto previamente deducido y esperar. Extendieron la tela antihumedad sobre la hierba y se tumbaron al acecho…

Confiaban en que en diez minutos empezarían a llegar. Pero no sucedía nada. Todo seguía igual… Sin embargo, no perdían la confianza. Entonces llegó la primera, enseguida otra y otra más. Decenas, cientos. Se hacía peligroso permanecer allí por más tiempo y no podían olvidarse de los perros. Camuflaron el artilugio  y, mediante gestos, convinieron iniciar la vuelta a la cabaña. Primero, sigilosamente; luego a la carrera.

Al llegar encendieron enseguida los ordenadores y comprobaron que todo funcionaba perfectamente. Llevaban años experimentando con el lenguaje de las abejas y al fin habían conseguido descifrar los últimos códigos. Más allá de posicionamientos de ubicación, dirección, distancia e información compartida sobre la calidad de los alimentos… Al fin podían comunicarse plenamente con ellas. Hablar de la vida, de la muerte y, también… de poesía y del sentido de la vida.

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Miguel Cabeza mcabezar@gmail.com